¿sueño o realidad?




Quedamos para tomar algo, después de más de quince años sin vernos, teníamos que ponernos al día y contarnos mucho. Quizás fueron las ganas de estar solos, poder hablar sin tapujos y sin nadie que estuviera escuchando alrededor o por tener algo de intimidad y no hubieran habladurías más tarde.

Acepté su invitación y subí a su casa… Era un maravilloso ático con unas vistas increíbles donde podía ver todo el mar a mi izquierda y a mi derecha una montaña con sus casitas, cada una de una manera distinta, pero todas a los pies de esta misma casi rozando el mar.

—    ¿Qué te apetece tomar? ¿Café, té, un refresco…? ¿A mí…?

—    ¿Qué?

—    Estaba de broma mi niña— rió y su risa era angelical, esa risa que te atrae, como el canto de las sirenas a los marineros de alta mar— ¿que quieres entonces, tesoro?

—    Si tienes café, un café solo y sin azúcar, por favor.

—    Perfecto.

Dejó mi taza de café en la mesa junto a su café con leche. Pensaba que se iba a sentar en el sillón de enfrente, pero para mi sorpresa se puso junto a mí, en el mullido sofá de dos plazas.

-          Bueno pues cuéntame que es de ti, porque me ha encantado volver a verte y saber de ti. ¿Sabes que ahora no te escaparas de mi tan fácilmente, verdad? – dijo riéndose mientras se ponía de lado apoyando su espalda en el brazo del sofá.

-          Pues si te soy sincera, he tenido varios trabajos, encontré novio – su mirada se oscureció donde vi un atisbe de enfado- y decidimos irnos fuera de aquí a vivir. Ese novio se convirtió en marido y me ha dado dos preciosos hijos, Noa y Gabriel que son lo que más quiero en la vida. Y creo que ya no tengo nada más emocionante que contarte. Tu turno, cuéntame que ha sido todo este tiempo de ti.

Se adelantó de su posición para hablarme más de cerca, esa escena me recordó a los documentales donde el león, ataca a su presa y me dejó sin aliento.

-……., y al final sigo soltero y soy un monstruo de tres ojos.- sus ojos me observaban y sabía que me había perdido todo lo que había contado.

- Ajá, ¿Qué!? – mi cara lo dijo todo, me había delatado- lo siento, es que estaba recordando si les había puesto merienda a los niños ya que se iban con otros amigos a dar una vuelta por la montaña de aquí enfrente.

- Vir, tesoro, no tienes que darme explicaciones, es lo que tiene tener hijos – empezó a acercarse más – ojalá esos hijos que tienes, hubieran sido conmigo, me hubiera gustado hacerte la mujer más feliz del mundo…- no vi como se acercó tanto, su nariz rozaba con la mía, su respiración era bastante agitada, ¿la mía? La mía simplemente había dejado de respirar.

Mi mente me mandó un aviso para que empezase a respirar o pronto acabaría desmayada sobre su precioso sofá.

Di una bocanada de aire y se abalanzó sobre mí, sus labios eran carnosos, suaves y dulces como había imaginado en todo este tiempo. Sus ojos verdes brillaban como dos esmeraldas cuando le dan la luz del sol. No notaba mi cuerpo, tan sólo un cosquilleo como si una marabunta de hormigas marchasen sobre él.

Me atrajo tanto a él, que hizo que me pusiera a horcajadas, sus manos me apretaban firmemente contra él. Mi cuerpo, quería más. Mis manos fueron hasta el dobladillo de su polo azul marino y levanté de él hasta sacárselo de la cabeza.

Estaba moreno, se notaba que los pocos rayos de sol que habían los estaba aprovechando bien.

Mientras nuestras bocas bailaban al ritmo de nuestras respiraciones, nuestras manos deshacían la poca ropa que nos quedaba. De un salto me puso en pie y como había bajado anteriormente la cremallera de mi mono, sólo tuvo que deslizar ambos tirantes por mis brazos. Me quedé en ropa interior para él.

Su metro noventa me intimidaba y sus ojos verdes, oscurecidos como la noche, devoraban mi cuerpo. En un acto de reflejo, me tapé. Desde siempre he tenido mucho complejo con mi cuerpo y aumentó después de haber sido madre, pero él me hizo saber que eso no era así, que mi cuerpo era hermoso y deseaba con toda su alma ver mi cuerpo ya que era lo que había deseado toda su vida.

Un calor ascendió de mis piernas, alcanzando mi sexo y llegando hasta mi cabeza. Me arrodillé deleitándome en quitarle sin ninguna prisa los pantalones y el bóxer, donde la cabeza de su brillante glande asomaba por arriba. Brillante porque estaba tan cachondo que ya le salía algo de líquido preseminal.

Cuando apartó su ropa, lo miré desde abajo y la cogí, estaba frente a mí, llamándome para que la saborease. Era cálida, dulce y estaba hecha para mi boca. Se deslizaba en mi boca y en mi mano, como si la hubiera tenido toda la vida conmigo.

-         Amor para, necesito comerte y hacerte mía.

Solo esa frase hizo que mi sexo no parase de calentarse. Me levantó del suelo y me besó sin importarle que mi boca ahora sabía a su sexo.

Me levantó y crucé mis piernas por sus caderas, atrayéndolo más a mí y su verga que estaba bien erecta rozaba en cada paso mi sexo. Quería que entrase pero él, quería oírme gemir de otra manera.

Llegamos a la puerta de su habitación, la abrió y me dejó de pie junto a su cama. Me dio la vuelta y ahí vi a la derecha como había un ventanal enorme que daba al mar y a la izquierda un armario que abarcaba toda la pared. Las puertas eran espejos con lo que se veía reflejado el mar y nosotros. Él agachado frente a mis nalgas, abriéndolas y metiendo su cara en ellas. No podía mirar, si seguía mirando, sólo con la escena y lo caliente que estaba, temía correrme.

-         Mira. ¡Amor mira! Ahora eres solo mía y así te quiero siempre.

Me agarré a la cama porque creía que iba a perder el sentido, un gemido tímido salió de mi garganta, pero lo suficientemente alto como para que lo oyese e incrementara su fiereza en comerme tanto mi sexo como mi culo.

Me dio la vuelta e hizo que me acostara. Mientras nos besábamos todos los ruidos de nuestro alrededor, como el del mar, los pájaros, desaparecieron para empezar una melodía de la que nunca había tenido sentido y que mientras hacíamos el amor la tuvo.

Se puso encima de mí e introdujo su pene, a mi vagina le costó un poco amoldarse y eso que estaba bastante húmeda, pero el llevar tanto tiempo sin hacerlo con nadie creo que había disminuido.

Empezó a moverse y tuve que dar una bocanada de aire cuando me di cuenta que llevaba bastante tiempo sin respirar. Quería retenerlo todo en mi memoria, tatuado en mi piel.

A medida que la cosa iba a más, nuestros cuerpos comenzaron a bailar una salvaje danza donde habían mil y una posturas.

Nuestros jadeos, pasaron a gemidos, esos gemidos eran fruto del goce y sentimientos encontrados de todos estos años que no pudimos unirnos.

Me sentía poderosa y cada minuto que estaba dentro de mí, deseaba que no saliera nunca.

De un rápido movimiento me puse sobre él, giré mi cara hacia el espejo y entonces ahí me vi, no vi a una mujer, vi a una diosa. Cabalgué como hacía mucho tiempo que no lo hacía, mis pechos votaban con cada movimiento.

Una corriente extraña salió de mi cuerpo y un grito de placer del que no lo había oído nunca salió de mi boca.

Me quedé parada, notando aún su miembro erecto y duro como el mármol, yacía dentro de mi sexo.

Me deslicé hasta quedarme entre sus piernas y la cogí y me la metí en la boca, saboreando cada centímetro de su ser.

Yo ponía el ritmo, aunque él de vez en cuando me cogía del pelo para follarme la boca hasta el fondo, no puedo negarlo, me gustaba. Me agradaba esa sensación de que alguien al que esperabas toda tu vida, te haga suya.

Fui moviéndome más deprisa, por sus jadeos sabía que no tardaría en correrse. Y así fue, se corrió con un sonoro gruñido. Su leche inundó toda mi boca, bajando suavemente por mí garganta y un par de gotas se deslizaron por mis labios.

Me cogió de la nuca, me acercó a su cara y me besó la boca, saboreando la poca leche que había en mis labios.

Un fuerte ruido comenzó a sonar poniéndome en alerta.

—    ¿Qué es ese ruido?

—    Es tu despertador preciosa, despierta.

Abrí los ojos, miré alrededor y comprobé que estaba en mi cama, sola y sudando, mientras que el despertador no paraba de sonar, haciéndome entender que todo lo que me había sucedido era un puto y simple sueño, mientras que, un momento. Había recibido un mensaje de él en el que ponía ¿Quedamos…?

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